Cierto día la fe movió una montaña.
Eso fue motivo de sorpresa para todos. Los más sorprendidos fueron los que dicen que la fe mueve montañas.
También la fe se sorprendió bastante.
Le habían dicho que podía mover montañas, pero nunca se había calado.
Aquel día se decidió por fin, y movió una montaña. No muy grande, hay que decirlo, pero tampoco muy pequeña.
Movió una montaña regular.
Aun así el movimiento causó una serie de problemas.
En el lugar que antes ocupaba la montaña quedó un hueco muy feo, y en el nuevo sitió a donde fue provocó muchos inconvenientes, pues todo estaba ya ocupado y se hizo una apretura muy incómoda.
Hubo numerosas manifestaciones de protesta y las autoridades, tanto civiles como religiosas, le ordenaron a la fe que moviera otra vez la montaña y la volviera a poner en donde estaba.
Después de esa penosa experiencia la fe no ha vuelto ya a mover montañas.
Qué lástima.
¡Hasta mañana!...
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