Caía la tarde. El mar en calma reflejaba los tonos del crepúsculo y tenía el color del vino con que Homero lo pintó.
De pronto se rompió el espejo de las aguas y una sirena apareció ante el pescador. Su rostro, sus hombros y sus pechos poseían la blancura del marfil. La sirena semejaba un diamante hecho de luz en medio de un campo de rubíes.
No dijo su canción. No habló. Fijó en el hombre la mirada. Eso fue todo. El pescador fue hacia ella. La tomó por la cintura, y ella a él. Juntos se hundieron en el agua, que ni siquiera se agitó cuando desaparecieron.
Nadie volvió a ver al pescador, ni muerto ni con vida. Nadie tampoco ha visto a la sirena. Nunca nadie la ha visto. Miento: quien esto narra la miró una vez, pero no tuvo valor para ir hacia ella.
De eso se ha arrepentido siempre. Envidia al pescador, no importa que la sirena haya sido causa de su muerte.
Sufre.
Sabe que la sirena ya no se le aparecerá otra vez.
¡Hasta mañana!...
Opinión
Periodismo
El pescador iba por la playa.
Mirador
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